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Solo quedamos nosotros

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16 Marzo 2012
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La reforma laboral no es sino un paso más hacia la supresión de los derechos de los trabajadores, hacia la explotación de los obreros de todo nivel, incluyendo los especializados, los licenciados y con cualquier otra cualificación. Es la supeditación al gran capital, el rodillo de los poderosos sobre los oprimidos.

Y esto no es un revival del manifiesto comunista, esto es la constatación de que el capitalismo, sin el miedo a que tal o cual país se vaya al "lado oscuro", a la órbia soviética, expande sus principios de opresión, explotación e injusticia social hasta el paroxismo.

El gran capital es insaciable, no tiene límites, ética ni freno interno; solo se puede parar desde fuera. Antes lo hacía el comunismo; ahora no hay ideología ni poder en el mundo que lo haga. Solo quedamos nosotros, los asalariados, los contratados, los explotados. Y no me refiero a los trabajadores españoles, ni a los europeos. Me refiero a los de todo el mundo, porque aquí nos oprimen, pero en otros lugares están esclavizados y las grandes multinacionales pueden elegir cuánto pagar por una hora de trabajo en cualquier parte del mundo. Es la globalización de la miseria, de la explotación inmisericorde y miserable.

Los intereses de los accionistas están por encima de la vida humana, por encima del sufrimiento, por encima del bien y del mal. Los beneficios son dios y los mercados su profeta.

Hace ya tiempo, un catedrático de relaciones públicas, en la facultad de ciencias de la información de la Universidad Complutense de Madrid -lo he contado muchas veces- nos dijo a un grupo de alumnos más talluditos de lo habitual, porque según él a los jóvenes no se les pueden contar ciertas cosas: "Ante los intereses económicos de las grandes corporaciones, una vida humana no vale nada". Y otra de sus perlas era: "Toda persona tiene un precio: el que no lo tiene en dinero, lo tiene en miedo; todos tenemos familia a la que no queremos que le pase nada malo..."

Nos hablaba con esta naturalidad de las prácticas mafiosas en las grandes compañías, en esas que cotizan en bolsa, esas que colocan el dinero de miles de accionistas y sus propios beneficios en negocios inconfesables, en fondos más de reptiles que de inversión; nos hablaba de cómo los gobiernos son cómplices mercenarios de estas megaempresas que, a menudo, manejan unas cifras de capital mayores que los PIB de muchos estados. Y sabía de lo que hablaba: había trabajado muchos años para unas y otros.

Estas corporaciones, como aquel catedrático las llamaba, están en manos de unas cuantas familias en todo el mundo. Se dice que unos tantos por ciento muy bajos de la población mundial, manejan unos tantos por ciento muy altos de la riqueza del planeta http://www.corneta.org/No_12/corneta_-_El_01_por_ciento_de_la_poblacion_acumula_una_5_parte_de_la_riqueza.html; se dice que el número de billonarios ha crecido de manera exponencial desde que empezó esta crisis que ha sumido en la pobreza a millones de familias en los llamados países ricos; se dice que los políticos elegidos democráticamente en estos países son meros gestores a las órdenes de este grupo de hiperpoderosos que deciden quién vive y quien muere en el mundo: las guerras no se inician por motivaciones ideológicas o territoriales, como antiguamente, sino exclusivamente por los intereses económicos de esos pocos "amos del mundo".

La única esperanza es que nos necesitan: necesitan productores y consumidores para que su economía siga funcionando. La única esperanza es que nos unamos para dejar de producir y de consumir, para dejar de trabajar para ellos en las condiciones que ellos decidan, para dejar de creer en un sistema que nos han vendido como el único posible, cuando no es cierto.


Otro mundo, otra sociedad, otra economía y otra forma de vida son, no solo posibles, sino imperiosamente urgentes. La economía del crecimiento permanente se ha terminado; no puede sostenerse ni social ni ecológicamente. Debemos provocar, precipitar con la mayor premura, el advenimiento de una ECO-NOMÍA, de una ideología y una praxis política ECOHUMANITARIA, en la que el bienestar de las personas y la protección del medio ambiente sean los objetivos prioritarios y supremos, por encima de cualquier otra consideración, por encima de intereses particulares, privados, gubernamentales, partidistas o estatales. La gestión global de la Tierra debe empezar YA, inmediatamente. No es una cuestión de ideología, no es utopía, no es comunismo, no es la revolución de las flores en versión siglo XXI, es una cuestión de supervivencia: U obligamos a los gobernantes a tomar en consideración este planteamiento y les obligamos a tomar las riendas del gobierno mundial frente a las grandes corporaciones, negándose a seguir sus dictámenes, rompiendo la baraja del actual sistema, olvidándonos de deudas, de beneficios, de rendimientos financieros, poniendo al Ser Humano en la cúspide de la pirámide de prioridades, junto con su hábitat ineludible, el planeta Tierra, o nuestra propia casa, la que un día nos regalaron los dioes, se convertirá en nuestra tumba y todo lo que propongo eliminar de forma pacífica, voluntaria y razonable, será eliminado de forma violenta, incontrolable y mortífera.


No soy un profeta del apocalipsis; solo soy un observador de la realidad y un receptor de la sabiduría que pronostica este final de nuestra civilización desde muchos frentes, desde muchas fuentes y desde hace muchas décadas. Si quienes tienen la responsabilidad de escuchar estas advertencias (no mías; yo solo soy uno de los muchos altavoces que repiten el mensaje) y de obrar en consecuencia y en conciencia, no lo hacen, cargarán con la responsabilidad del desastre por los siglos de los siglos.

El ser humano no va a desaparecer, como especie; no se trata del fin del mundo en versión Hollywood, sino el final de un proceso de autodestrucción que se inició hace más de un siglo con la primera revolución industrial. Pero sí será el final para la esperanza de una Humanidad armónica, equilibrada y en evolución; será el regreso a tiempos muy pretéritos para iniciar un nuevo proceso, en la esperanza de no volver a acabar otra vez del mismo modo.

La Atlántida, queridos amigos, no es un mito, ni una leyenda. La Atlántida fue otro fracaso catastrófico de aquella Humanidad, que tampoco supo encontrar el camino. Si no queremos entenderlo, ni recordarlo, estaremos condenados a repetirlo.

Ojalá no sea así. Ojalá reaccionemos a tiempo. Pero no podemos esperar a que los gobernantes lo hagan por sí mismos, no podemos esperar a que los poderosos cambien su forma de entender la vida. Ni unos ni otros cambiarán si no es por la presión de la masa, por la conciencia global de una mayoría aplastante de seres humanos que digan ¡basta!, hasta aquí hemos llegado y a partir de aquí vamos a hacer las cosas de otra manera porque nos plantamos, porque no seguiremos haciendo lo que nos manden, porque no tendremos miedo a perder lo que otros han decidido que nos corresponde.

La Tierra es nuestra y nosotros somos de la Tierra. Cualquier otra consideración nos abocará al desastre. Cualquier otra consideración es falsa y peligrosa. Cualquier otra consideración es inhumana.

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